*La librería de mis sueños.

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

Recuerdo mi niñez como si a veces la visitara en sueños. Tengo buena memoria: aún puedo ver la tarde en que me tragué una moneda y mi mamá me apretó la panza para sacarla, o aquella vez que intenté lavar los trastes de mi muñeca en la cisterna. Pero hay un recuerdo distinto, que aunque estuvo siempre a la vista de todos, para mí fue un secreto, un refugio que sigo visitando cada día. Era una librería, y fue la librería de mis sueños.

Mis papás compraron una librería. No sé si fue un buen negocio: los libros de texto cambiaban de un año a otro y muchos ejemplares quedaban olvidados en los estantes. Pero allí, entre aquellos lomos alineados, encontré un lugar que me enseñó sin proponérselo.

Descubrí a Sherlock Holmes en novelas como El sabueso de los Baskerville y La aventura de la casa vacía, con el asombro de su aparente muerte en las cataratas de Reichenbach. Viajé con Julio Verne en Viaje al centro de la Tierra, La vuelta al mundo en 80 días y Veinte mil leguas de viaje submarino. Leí y releí Mitología fantástica para niños, donde los dioses griegos parecían mis propios parientes. Me conmoví con Mujercitas, me sumergí en Los tres mosqueteros, conocí la intimidad de El diario de Ana Frank.

También tuve lecturas que parecían adelantadas para mi edad: El principito, Los viajes de Gulliver, La Ilíada y La Odisea, El conde de Montecristo. Intenté sin éxito leer El príncipe de Maquiavelo: eran páginas que solo comprendería muchos, muchos años después. Y, mucho antes de que se hiciera famoso, llegó a mis manos El código Da Vinci.

Hubo también gustos culposos que no reniego: los libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, los manuales de superación personal como Los 7 hábitos de los adolescentes altamente efectivos, e incluso algún intento fallido con los títulos de Gaby Vargas. Todo formaba parte de esa escuela invisible que me formaba sin que yo lo supiera.

No sé si mis papás ganaron o perdieron dinero con la librería. Lo que sí sé es que para mí fue la mejor inversión que pudieron haber hecho. Esa fue mi escuela secreta, la que me enseñó que un libro puede ser un hogar.

¿Qué experiencias de su infancia llevan ustedes guardadas como un tesoro silencioso, que quizá parecían ordinarias entonces, pero que hoy los acompañan como un secreto luminoso en su camino?

Escribanme a claurodriguezdor@gmail.com

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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