*Rosario Castellanos: voz, pluma y contrastes.

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes 

En una reciente sesión de la asignatura Literatura Hispanoamericana del Siglo XX, impartida por el Dr. Zagal Arreguín en la Universidad Panamericana, analizamos la trayectoria y la producción literaria de Rosario Castellanos. Su perfil intelectual y humano me resultó particularmente revelador: una autora de gran lucidez crítica, capaz de cuestionar las estructuras sociales y culturales que oprimen, y al mismo tiempo una mujer cuya vida estuvo atravesada por contrastes significativos. A partir de ese acercamiento en clase, me pareció pertinente compartir algunos aspectos esenciales de su biografía y de su pensamiento.

Rosario Castellanos Figueroa nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México, pero desde muy chica fue a vivir a Chiapas en donde transcurrió su infancia. Creció en un entorno marcado por el racismo y las jerarquías sociales de la época; incluso se decía que en las fincas los indígenas valían menos que el ganado. Su padre esperaba un hijo varón que heredara las tierras familiares, pero tuvo una hija; años después nació su hermano menor, el preferido del padre, quien murió siendo muy niño. La reacción de su madre ante esa pérdida dejó ver las prioridades de género en la familia: “Qué se haga la voluntad de Dios, pero ¿por qué con el varón?”

Huérfana, regresó a la Ciudad de México y estudió en la UNAM, donde obtuvo la licenciatura y la maestría en Filosofía. Su tesis, Sobre cultura femenina (1950), sostenía que la desigualdad entre hombres y mujeres no proviene de la biología ni de una supuesta inferioridad femenina, sino de las estructuras sociales, culturales y educativas que asignan a las mujeres roles rígidos y limitantes.

Su trayectoria literaria fue amplia y diversa. En narrativa, destacó con Balún Canán (1957), obra con muchos elementos autobiográficos que entrelaza recuerdos y emociones reales con ficción: la mirada de la niña narradora refleja su propio despertar ante las desigualdades en Chiapas y la estructura patriarcal de su familia. En el ensayo, Mujer que sabe latín… (1973)

ironiza el dicho popular para revisar la historia de la exclusión femenina del conocimiento, reflexionar sobre la literatura escrita por mujeres, cuestionar la educación orientada a la sumisión y desmontar estereotipos con humor y agudeza. También fue catedrática de la UNAM y, desde 1971, embajadora de México en Israel.

En lo personal, se casó con el filósofo Ricardo Guerra, de quien se divorció por infidelidades.

La relación estuvo marcada por tensiones y dependencias emocionales que contrastaba con la autonomía que defendía en sus textos. Este contraste -primero en su familia, que deseaba un heredero varón, y después en su matrimonio— es un recordatorio de que incluso las mujeres más lúcidas y críticas, con plena conciencia de los mecanismos de opresión, pueden verse inmersas en dinámicas afectivas y sociales moldeadas por esos mismos patrones. No se trata de incoherencia, sino de la complejidad humana: las ideas y la lucidez intelectual no siempre logra imponerse sobre las emociones, los vínculos o los condicionamientos culturales que se han vivido desde la infancia. En el caso de Castellanos, esta experiencia personal no debilitó su pensamiento, sino que lo enriqueció. Su obra no parte de una teoría abstracta, sino de una vivencia directa de las desigualdades, lo que le remio escribir con una verdad que sigue interpelando lectoras y lectores más allá de su tiempo.

Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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