*La otra violencia: olvido, abandono, silencio.
Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes
Desde hace más de 75 años, el conflicto entre Israel y Palestina ha marcado a generaciones enteras. Lo que comenzó como una disputa por territorios y reconocimiento, hoy se ha transformado en uno de los conflictos más prolongados y dolorosos del mundo moderno.
En el centro de esta tragedia está un pueblo que no ha podido ver consolidado su derecho a existir plenamente como Estado, y otro que ha vivido bajo la constante amenaza de ataques. La violencia, el despojo y la desesperanza se han vuelto parte del paisaje cotidiano.
Hoy, la Franja de Gaza es uno de los lugares más densamente poblados del mundo y, al mismo tiempo, uno de los más devastados. Desde el ataque del 7 de octubre de 2023 y la respuesta militar de Israel, la crisis humanitaria se ha profundizado hasta niveles impensables. Más de dos millones de personas viven bajo bombardeos, con acceso limitado a alimentos, agua potable, electricidad o atención médica. La palabra “vida” se ha vuelto frágil, y la palabra “futuro” casi inexistente.
En medio de esa catástrofe, las mujeres enfrentan un sufrimiento particular y silenciado: la falta de condiciones mínimas para gestionar su higiene. En refugios superpoblados, sin agua corriente, sin papel, sin baños dignos y sin toallas sanitarias, la menstruación se convierte en una pesadilla recurrente. Lo que en otras partes del mundo puede resolverse con un viaje rápido a la farmacia, en Gaza es una lucha mensual por la dignidad.
La Organización de las Naciones Unidas estima que unas 700,000 mujeres y niñas en Gaza están menstruando sin acceso adecuado a productos básicos de higiene, como toallas sanitarias, papel higiénico, agua corriente o baños. Esta situación no solo vulnera su dignidad, sino que las expone a infecciones del tracto urinario y del aparato reproductor, así como a un profundo deterioro emocional. Es una emergencia silenciosa de higiene menstrual, con consecuencias graves para su salud, su protección y sus derechos humanos.
Algunas mujeres han optado por tomar pastillas anticonceptivas para suprimir su periodo, intentando evitar el sufrimiento adicional que implica sangrar sin recursos. Pero no todas pueden conseguirlas, ya sea por escasez o por razones de salud. Otras, simplemente, han comenzado a utilizar ropa vieja, toallas reutilizadas o incluso los rincones de sus tiendas de campaña como sustitutos improvisados de toallas sanitarias. Las infecciones, el malestar, la vergüenza y el silencio se acumulan en cada ciclo, sin que nadie hable de ello.
A la violencia de la guerra se suma otra, más silenciosa pero igual de brutal: la omisión, el abandono y la indiferencia
Mientras el mundo debate geopolítica, estrategias militares y mapas, las mujeres palestinas siguen sangrando en silencio. No por metáfora, sino por la ausencia total de condiciones
dignas. En Gaza, la menstruación se ha convertido en otra forma de sufrimiento, en una expresión cotidiana de injusticia, en una batalla más que nadie quiso ver. Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com
