*Juana de Arco, más allá del bronce.

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

Con motivo del 30 de mayo, fecha en que se conmemora la ejecución de Juana de Arco, comparto esta reflexión sobre su historia y su eco en nuestro presente.

El 30 de mayo de 1431, una muchacha de 19 años fue quemada viva en la plaza del mercado viejo de Ruan, en el norte de Francia. No era reina, ni noble, ni monja. No había nacido en cuna poderosa ni había sido entrenada para la guerra o la política. Se llamaba Juana, era hija de campesinos, decía escuchar voces celestiales, y se atrevió a liderar un ejército.

A los 17 años, Juana de Arco convenció al delfín Carlos de Valois -quien luego sería

coronado como Carlos VII- de permitirle encabezar tropas francesas para liberar la ciudad de Orleans del asedio inglés, en plena Guerra de los Cien Años. Lo logró. No con linaje, no con escuela, sino con una convicción desbordada.

Pero el poder incomoda cuando no sigue las reglas del guion. Juana fue capturada un año después por los aliados de Inglaterra y entregada a sus enemigos. Se le juzgó por herejía, brujería, blasfemia y por vestir ropa de hombre. El juicio, dirigido por clérigos afines a la corona inglesa, buscaba silenciar no sólo a la persona, sino al símbolo.

Murió diciendo “Jesús”, entre llamas. Veinticinco años después, la Iglesia revisó el caso y la declaró inocente. En 1920 fue canonizada como santa. Hoy es símbolo nacional de Francia, patrona de los militares y una de las figuras más fascinantes y contradictorias de la historia occidental.

Y, sin embargo, casi seis siglos después, vale la pena mirar más allá del bronce de la estatua.

Porque más allá de la pira y del juicio, lo que verdaderamente inquieta es que la historia de Juana no ha terminado. Sigue ocurriendo -con otros nombres, en otras plazas, bajo otros códigos.

Juana fue juzgada por herejía, pero lo que no le perdonaron fue su autonomía. Su decisión de actuar sin esperar permiso. De hablar cuando no le tocaba. De presentarse ante reyes sin ser noble. De ponerse una armadura cuando el guion la quería en silencio.

Eso sigue pasando. En diferentes formas, en distintas voces. A quien no encaja, se le encasilla. A quien incomoda, se le descalifica. A quien actúa fuera del libreto, se le acusa de deslealtad, de soberbia, de traición. A veces el castigo no es una hoguera, pero sí el descrédito, el aislamiento o la burla.

Seguimos usando causas morales o religiosas como disfraz para tomar decisiones políticas.

Seguimos justificando el castigo al que disiente, al que no se somete, al que propone algo que no estaba previsto. A veces el tribunal es una institución, otras veces una red social o una conversación en voz baja. Pero el juicio sigue.

Y el veredicto suele ser el mismo: apagar la voz que incomoda.

Para quien quiera adentrarse más en su historia, existen versiones recientes que permiten distintas miradas:

Juana de Arco (1999), protagonizada por Milla Jovovich.

Juana de Arco, de Régine Pernoud, ofrece una biografía clara, documentada y sin idealizaciones.

Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com.

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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