*Me río, pero sí lloré tantito.

Por Claudia Patricia Rodríguez Dorantes

No sé exactamente cuándo empezó, pero desde que tengo memoria le voy al Cruz Azul.

Como suele pasar, fue herencia de mi papá. No fue una elección razonada ni estratégica.

Fue amor, lealtad, y costumbre. Y como cualquier amor que nace sin cálculos, ha sido también un amor que duele.

Recuerdo tener nueve años y llorar desconsolada porque Cruz Azul perdió una final contra Necaxa, allá por 1995. Fue de las primeras veces que entendí que el fútbol podía doler.

Después vendrían muchas otras. Imposible olvidar aquella final del 2013 contra el América. El gol del portero Moisés Muñoz en los últimos minutos no solo empató el marcador, nos desfondó. A veces, lo pienso y me vuelve a doler.

Y sin embargo, ahí seguimos.

Debo confesar algo: no sé mucho de estrategias. No me sé bien las posiciones ni domino el lenguaje técnico. A veces, ni siquiera recuerdo con claridad los nombres de los jugadores.

Pero sé muy bien lo que se siente cada partido. Y tengo una memoria impecable para lo que ha vivido mi equipo.

Un día, cuando estudiaba la carrera en la Facultad de Derecho y los Pumas fueron bicampeones, llegué a pensar que tal vez podría cambiarme de equipo. Pero descubrí que eso es imposible. Uno no elige. Uno simplemente ya le va al Cruz Azul, y se aguanta.

Cuando por fin fuimos campeones en el torneo 2021, venciendo a Santos Laguna 2-1, Iloré.

Lloré de alegría, sí, pero también de incredulidad. Fue bonito, pero desconcertante. Como si nos hubieran devuelto algo que ya dábamos por perdido.

Dicen que ser aficionado del Cruz Azul es una green flag: síntoma de alguien leal, resiliente, terco incluso. Y puede que tengan razón. Porque en cada torneo, aunsabiendo todo lo que puede salir mal, volvemos a ilusionarnos: “¿Y si esta vez sí…?”

En agosto de 2024, le ganamos 4-1 al América, pero en diciembre nos eliminó en semifinales con un marcador global de 4-3. Dolió, claro, pero ya no como antes. Uno se va curtiendo.

Y luego vino lo de este domingo. Hay algo muy particular en ser aficionada de este equipo. Es un sentimiento compartido, íntimo y colectivo. Hablar con otro cruzazulino, aunque sea un desconocido, es encontrar a alguien que entiende cosas que no se pueden explicar con palabras. Sabemos lo que significa ilusionarse, sabernos cerca… y ver todo desmoronarse en el último minuto.

Hoy me río de mí misma y de mi fe en el Cruz Azul. Me río de lo irracional que puede ser este amor. Pero ahí sigo. Porque al final, le voy al Cruz Azul. Y eso, la verdad, lo explica todo.

Tal vez, el único amor que se le parece es el que muchos sentimos por la selección mexicana: la misma emoción ciega, la misma esperanza sin bases, y la misma desilusión repetida.

Y tú, ¿también le vas al Cruz Azul? ¿Cómo vives esta pasión? Me encantaría leer tus historias. Porque si algo nos une a los cruzazulinos es que, aunque a veces parece que no aprendemos… En el fondo, lo que no se nos olvida es cómo sentir.

Escríbanme a claurodriguezdor@gmail.com*NI*

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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