*El oficio combina paciencia, técnica artesanal y respeto por imágenes con décadas de historia familiar.
Por Jesús García
A unos días de la celebración del Día de la Candelaria, cuando miles de familias preparan al Niño Dios para su bendición, en Tula de Allende sobrevive un oficio que combina paciencia, técnica y profundo respeto por la tradición: la restauración artesanal de estas imágenes religiosas.
Desde hace más de tres décadas, Salvador Alamilla Navarrete se dedica a la venta y restauración de Niños Dios, un trabajo que heredó de su familia y que aprendió de manera empírica, observando y practicando desde joven. “Nunca fui a una escuela, esto se aprende viendo y trabajando; la experiencia es la mejor maestra”, relata.
Para Alamilla, restaurar un Niño Dios va mucho más allá del aspecto económico. Explica que, en la mayoría de los casos, las personas acuden a él no por el valor monetario de la imagen, sino por el valor sentimental que representa: piezas heredadas por generaciones, algunas con muchas décadas en una familia. “Hay veces que sale más barato comprar uno nuevo, pero la gente quiere conservar el original”, señala.
Su taller ha recibido desde pequeñas figuras de resina hasta imágenes antiguas de madera, algunas con registros que datan del siglo XIX, provenientes de comunidades y parroquias de la región. Entre sus trabajos más significativos recuerda la restauración completa de nacimientos e imágenes religiosas en comunidades como Santa María Daxthó, en Tepetitlán, y zonas cercanas a Michimaloya, donde incluso piezas históricas fueron intervenidas en tiempos reducidos gracias a su experiencia.
El proceso de restauración depende del estado en que llega cada imagen. Puede ir desde una simple igualación de pintura hasta un trabajo minucioso de reconstrucción cuando las piezas llegan fragmentadas. “Es como armar un rompecabezas; a veces faltan dedos o partes que hay que rehacer desde cero, pulir y pintar”, explica. Las manos suelen ser las zonas más dañadas, debido a la manipulación constante.
Durante la temporada alta —de finales de noviembre hasta después del 2 de febrero— la carga de trabajo se intensifica. En ese periodo, Salvador puede restaurar entre 300 y 400 Niños Dios, trabajando jornadas extensas, con un promedio de hasta 12 piezas diarias. “Es pesado, pero ya conoces las formas, los tonos, cada imagen te va diciendo cómo trabajarla”, afirma.
Aunque reconoce que la tradición ha cambiado y que en muchos casos se ha vuelto más festiva que simbólica, considera que el oficio no está en riesgo de desaparecer, sino de transformarse. “Mientras la gente siga trayendo sus imágenes, esto va a seguir vivo”, dice. Eso sí, subraya que el principal reto es la paciencia y el respeto, pues no se trata de objetos comunes, sino de imágenes con un profundo significado personal y religioso.
Actualmente, Alamilla también ofrece vestimenta tradicional, destacando que en años recientes la iglesia ha impulsado atuendos más sobrios, principalmente en color blanco, dejando atrás disfraces temáticos que antes eran comunes.
Finalmente, hace un llamado a las familias a no perder la tradición y transmitir su significado a las nuevas generaciones. “Si no se les inculca, lo ven como algo del pasado. Pero es parte de nuestra identidad y de nuestras creencias”, concluye.
Salvador Alamilla Navarrete atiende en la Comercializadora Alamilla, ubicada en el exterior del Tianguis Municipal de Tula, segundo local del lado de la puerta principal, donde continúa dando vida y memoria a una de las tradiciones más arraigadas del calendario religioso. NI

