TEPETITLÁN, Hgo.- La mañana apenas avanza y el zumbido ya es constante. No es necesario que caiga la tarde para sentirlo: el sonido está ahí desde temprano, espeso, insistente, metiéndose por las ventanas y recorriendo las paredes. Así amanece la orilla de la Presa Endhó, en la comunidad de San Pedro Nextlalpan, donde el lirio acuático ha cubierto grandes extensiones del agua y el mosco cúlex se ha vuelto parte obligada del paisaje.
La pareja recibe la visita mientras espanta insectos con la mano. No es exageración: dentro de los cuartos también hay. “No nos dejan dormir”, dice ella, aunque todavía es de día. En la cocina, en el patio, junto al corral, el zumbido no distingue horarios. Desde diciembre —recuerdan— las fumigaciones dejaron de ser constantes. Un dron pasó alguna vez y por unas horas sintieron alivio. Después, todo regresó.

Compran insecticida cada semana; el bote apenas rinde unos días. Más de cien pesos que se van sin garantizar descanso. Por las tardes prenden humo para ahuyentarlos, pero ni así desaparecen. “Ya se curtieron”, comenta él, mirando hacia la presa cubierta de verde. El lirio ha ganado terreno y, con él, el mosco encuentra el espacio perfecto para reproducirse. Donde el agua se estanca, el problema crece.
Las máquinas han llegado en distintos momentos para retirar la maleza acuática. Sin embargo, aseguran que los trabajos son intermitentes. “Las traen y luego ahí están paradas”, dice él, con la certeza de quien observa la orilla todos los días. La sensación es que el esfuerzo no alcanza frente a la magnitud del lirio, que vuelve a extenderse semanas después de cada intento de limpieza.
El daño no se queda en la incomodidad. Han tenido que vender animales porque no resisten el asedio. Un burro estuvo a punto de morir; lograron levantarlo con sueros y vitaminas. Otras reses no corrieron con la misma suerte. Las vacas adelgazan, los perros buscan refugio entre láminas y maderas para protegerse del enjambre. “Se les meten en la nariz, en los ojos”, explica ella, señalando el corral.
Tampoco se atreven a que el ganado beba agua de la presa. Temen que esté contaminada y ahora cargan agua de la llave, lo que implica más gasto y más esfuerzo. Cada decisión pesa en una economía ya limitada. “Nosotros no tenemos beneficio de esa agua”, reclaman, convencidos de que la presa solo les ha dejado afectaciones.
Han acudido a manifestaciones y han pedido apoyo a las autoridades. Escuchan promesas, anuncios de limpieza, reportes de avances. Pero aquí, en la orilla, el zumbido sigue siendo el mismo. Con el calor acercándose, el miedo es que la situación empeore y el lirio cubra aún más superficie.
La mañana continúa y el sol comienza a elevarse. Ellos saben que el día seguirá entre manotazos al aire y humo improvisado al caer la tarde. La Presa Endhó, que durante años fue parte natural de su vida, hoy es una presencia que agobia. El lirio avanza silencioso sobre el agua; el mosco, en cambio, no guarda silencio. Y en ese sonido constante se resume la rutina diaria de quienes resisten, esperando que alguien escuche más allá del zumbido.*NI*
