*¿Rendir cuentas? No, rendir culto.
Por Iván Hernández Mendoza
Es temporada de informes de gobierno, uno de esos pocos momentos en que los jefes locales y federales, en medio de una ceremonia casi sagrada, reúnen a sus más allegados, a sus subordinados y a uno que otro ciudadano convencido del gran trabajo que supuestamente realizaron las y los regidores junto con su equipo. Y, por supuesto, asisten también quienes están entusiasmados por respaldar el excelentísimo trabajo de las y los gobernadores (guiño, guiño).
Mi mayor problema con estos eventos es muy claro: el reduccionismo de las problemáticas. Estos informes, que deberían ser un ejercicio de rendición de cuentas, se convierten en discursos sobre la persona y no sobre su trabajo. Actos de campaña disfrazados. Como si tuvieran que convencernos de que están trabajando.
¿Saben cómo podrían demostrar que trabajan? Con resultados concretos. Es insultante que se planten frente a la ciudadanía como si hablaran con infantes que apenas entienden.
Al final, podemos sacar algo bueno de estas simulaciones, pues nos sirven para observar la verdadera cara de la clase política. Siempre se nota qué tan desconectados está un representante gracias al grado de mentiras, desvíos, omisiones o excusas que emplea en su “informe”. Y aun sabiendo esto, cómo ciudadanía solemos resignarnos. ¿Para qué hacer corajes? ¿De qué sirve quejarnos si “todos son iguales”?
Y es justo de esa resignación de la que se aprovechan. Porque saben que no haremos nada para frenarlos en seco. Por eso la clase política sigue usando dinero público en beneficio propio, sintiéndose intocable, convencida de que nada de lo que haga tendrá consecuencias. ¿Quién los va a correr del cargo? ¿La ciudadanía?
Ese cinismo debería preocuparnos más que cualquier otra cosa. Lo peor es que, gracias a la impunidad que disfrutan, ni siquiera temen usar el poder político contra quienes se atreven a cuestionarlos. Ya no importa el partido: cuando se trata de aprovecharse de la ciudadanía, todos juegan en el mismo bando.
La pregunta incómoda es: si lo sabemos y no les exigimos, ¿no será que la verdadera culpa también nos pertenece? *NI*
