*Acercamiento o desconocimiento.
Por Iván Hernández Mendoza
Las jornadas por la paz llegaron por fin a nuestro municipio, después de meses de violencia desenfrenada y un repunte del crimen en sus distintas formas. La semana pasada escribí que los operativos policiacos parecían más una respuesta forzada a la presión pública que una verdadera estrategia. Pues bien, estas jornadas evocaron esa misma sensación: no llegaron con propuestas ni soluciones, sino con la promesa de conocer las dolencias de la comunidad.
“Acercamiento”, “atención en privado”, “evitar que las personas vayan hasta Pachuca para tratar sus asuntos”. Con esas palabras, el secretario de Gobierno Guillermo Olivares Reyna describió el evento del pasado 15 de agosto. Un evento al que asistió más gente dispuesta a vitorear a las autoridades que a cuestionarlas, en mesas que funcionaron más como un termómetro social improvisado al preguntar si estas jornadas eran de utilidad para la comunidad. Uno pensaría que, a estas alturas, las autoridades municipales ya no tendrían que obligar a las personas a asistir solo para evitar confrontaciones incómodas con el “pueblo bueno.”
La única acción que compartió el secretario en una entrevista fue la que se está discutiendo a nivel estatal de recortar los horarios de los centros nocturnos porque, según el secretario, “después de cierta hora es cuando suceden las cosas desagradables”. Como si la solución a la violencia fuera encerrar a la ciudadanía en sus casas: sin víctimas no habría victimarios. Una visión simplista que recuerda el dicho popular: “matando al perro se acaba la rabia”.
La llamada “segunda jornada de la paz” terminó ocupándose más en cortes de cabello gratuitos, correcciones de documentos oficiales e información sobre programas sociales que en generar un espacio real de diálogo sobre seguridad. ¿Dónde quedó entonces la atención conjunta para construir paz?
No puedo calificar estas jornadas de simulación porque, al menos, hubo cierto nivel de participación. Pero la realidad es que la voz ciudadana brilló por su ausencia. En redes sociales y en las calles abundan el malestar y las denuncias; sin embargo, ese descontento no se expresó con la misma fuerza frente a los funcionarios. Y eso impidió mostrar el verdadero termómetro social: la rabia compartida que vivimos en Tula por la violencia cotidiana.
Las pocas personas que sí se atrevieron a hablar tocaron fibras sensibles: desapariciones forzadas, secuestros, búsqueda de familiares. ¿La respuesta de las autoridades? Compromisos vagos, discursos de buena voluntad, datos oficiales.
El acercamiento existe, sí, pero ¿es eso lo único que se necesita en este momento? Francamente, no. Porque un gobierno que apenas se acerca para “conocer” la violencia de su pueblo es un gobierno que demuestra desconocerlo, y esa ignorancia resulta tan preocupante como la violencia misma. *NI*
