¿Dónde quedó la cultura en Tula?
Por Iván Hernández
El recuerdo de un municipio que alguna vez intentó impulsar programas culturales ya parece bastante lejano. Desde hace dos administraciones no se ha hecho intento alguno por fomentar la cultura en Tula. Si bien los programas que se implementaron eran pequeños, centralizados e incluso pobres en algunos casos, representaban un buen primer paso para acercar a la población tulense al teatro, las callejoneadas, la danza, la pintura y hasta al fomento de la lectura.
El proyecto de la biblioteca en la antigua estación parecía ser el inicio de algo significativo, pero como casi todo lo que depende de la voluntad administrativa, se desvaneció con el cambio de gobierno.
Es una lástima, sobre todo si recordamos que nuestra tierra fue una de las grandes cunas de la cultura. Para quien no lo sepa aún, la ciudad de Tula, mucho antes de la conquista, era uno de los centros más importantes del mundo mesoamericano. Los príncipes —o su equivalente prehispánico— viajaban desde tierras lejanas para casarse con las doncellas de Tula, obtener sangre noble y regresar listos para convertirse en Tlatoani. Incluso otros centros religiosos y culturales adoptaron el nombre de “Tula”, en homenaje a este importantísimo núcleo ceremonial. Hoy, en cambio, somos apenas una ciudad semi industrial, oculta en el smog, que cada vez se aleja más de ser un pilar cultural.
No hay, al parecer, proyectos ni planes —a mediano ni a largo plazo— para reactivar las actividades culturales en nuestra región. Aquellas expresiones han sido reemplazadas por sonideros esporádicos en el teatro al aire libre durante algún puente o día festivo. Y no es que esos eventos no sean cultura —porque lo son—, pero parecen actos aislados, sin conexión, sin una propuesta de fondo que involucre a la comunidad. Eso solo evidencia una triste realidad: la falta de compromiso y, peor aún, el desinterés del municipio por la cultura.
Pareciera que la Dirección de Cultura ha estado más preocupada por competir con otras ferias municipales para ver quién puede pagar al cantante más caro del año. Es inevitable preguntarse en qué se pudieron haber invertido mejor esos millones de pesos gastados en el programa de una feria. ¿Cuántos libros se habrían podido comprar para nuestra biblioteca? ¿Cuántas ferias del libro con autores invitados? ¿Cuántas clases de pintura o danza se pudieron patrocinar? ¿Cuántos jóvenes y adultos pudieron haberse acercado a una disciplina artística?
Desde El Observatorio siempre he sido crítico de las decisiones que se toman desde la presidencia municipal. Y sí, leo con frecuencia comentarios de quienes piensan que debería enfocarme en lo que la administración sí hace bien —que, para ser sincero, es muy poco—. Pero creo que no han visto el panorama completo. Como ya he mencionado antes, ser parte de una administración implica hacerse cargo de todas las áreas que afectan a la población del municipio, no solo de aquellas que lucen más importantes o que dejan mejores fotografías para redes sociales. Para eso existen las direcciones: para atender con responsabilidad cada una de las necesidades del municipio.
Pero ¿qué ocurre cuando quienes dirigen esas direcciones no están comprometidos con su puesto? Un puesto que, tal vez, fue solo la recompensa por ayudar en campaña o una promesa hecha durante la elección. No digo que sea el caso aquí, pero seamos honestos: pasa más seguido de lo que quisiéramos.
Hoy, el centro espiritual, ceremonial, religioso y cultural que alguna vez fue Tula parece perdido en el tiempo. Si hoy vinieran príncipes de otras tierras en busca de la bendición de Quetzalcóatl para convertirse en gobernantes, ¿qué visión tendrían de nuestra ciudad? ¿Qué imagen se llevarían de esta tierra que alguna vez fue sagrada?
