*Y el choque con la fuerza pública.
Por MARISOL MARTÍNEZ

Ciudad de México.- El sol del sábado apenas había empezado a calentar el Paseo de la Reforma cuando los primeros contingentes se reunieron frente al Ángel de la Independencia. Eran jóvenes, familias completas, trabajadores, estudiantes, personas mayores. La convocatoria, impulsada en redes por el movimiento conocido como Generación Z México, prometía una movilización inédita; y aunque la presencia juvenil fue menor de lo esperado, la multitud creció hasta sumar —según cifras oficiales— 17 mil asistentes.


La consigna que los unía era la misma: exigir alto a la violencia y al clima de inseguridad que, según los manifestantes, se ha intensificado en los últimos meses. Muchos portaban carteles hechos a mano, otros llevaban símbolos que mezclaban cultura pop con protesta social. El ambiente, al inicio, tenía un aire pacífico y festivo.
El avance por Reforma se dio sin contratiempos. El tránsito fue detenido, los vendedores improvisaron rutas alternas, y las familias caminaban al ritmo de consignas que mezclaban indignación y esperanza. A lo largo de Bucareli y la avenida Juárez, el contingente se extendía como una larga serpiente multicolor que avanzaba decidida hacia el corazón político del país.


Pero desde la mañana, el Zócalo ya estaba preparado para un escenario más tenso. Vallas metálicas rodeaban el Palacio Nacional; oficiales de la SSC se distribuían en puntos estratégicos; drones y cámaras monitoreaban la zona. Las autoridades aseguraban que se trataba de medidas preventivas.
A las puertas del Zócalo, la multitud comenzó a comprimirse. Voces, tambores, gritos y euforia se mezclaban sin fricción… hasta que aparecieron los primeros encapuchados.
Se movían en pequeños grupos, algunos con palos, otros con herramientas. En cuestión de minutos, comenzaron a jalar cuerdas, golpear las vallas y usar objetos contundentes para derribar la barrera metálica que dividía la plaza del Palacio Nacional. Los policías, alineados detrás de las estructuras, intentaron contener la embestida.
Cuando las primeras vallas cayeron, el ambiente se volvió explosivo.
Hubo golpes, gritos de auxilio, empujones. Las autoridades respondieron con extintores y dispositivos de contención, mientras los encapuchados arrojaban objetos y trataban de avanzar. La confrontación duró más de lo que muchos esperaban: el centro histórico se convirtió, por casi una hora, en una batalla campal.


Al final de la jornada, las cifras oficiales fueron contundentes:
140 personas lesionadas,
100 eran policías,
20 civiles resultaron heridos durante los enfrentamientos.
40 detenciones:
20 personas fueron puestas a disposición del Ministerio Público por agresiones y daños,
20 más remitidas a juzgados cívicos por faltas administrativas.
Entre los objetos asegurados se encontraron martillos, palos, cadenas, piedras y piezas de coladeras, evidencia del nivel de preparación de los grupos que encabezaron los actos violentos.
En la misma noche del sábado 15 de noviembre, el secretario de Seguridad Ciudadana aseguró que los policías actuaron bajo protocolos de contención y negó cualquier intención de represión. También anunció que la Dirección de Asuntos Internos revisaría el actuar de los elementos para esclarecer denuncias de uso excesivo de la fuerza.
El gobierno capitalino, por su parte, atribuyó los disturbios a “grupos organizados” infiltrados en la marcha, mientras reiteró que las vallas colocadas en el entorno de Palacio Nacional tenían como objetivo proteger inmuebles históricos y evitar desbordes.
Las investigaciones quedaron en manos de la Fiscalía General de Justicia, que abrió carpetas para identificar a quienes participaron en los actos violentos.
Mientras los servicios de limpieza trabajaban sobre las losas del Zócalo y los últimos manifestantes se retiraban, una pregunta quedó flotando en el aire:
¿Fue esta movilización el inicio de un nuevo pulso entre ciudadanía y gobierno, o un estallido aislado marcado por la intervención de grupos violentos?
Para muchos asistentes, la marcha representó la necesidad urgente de expresar un descontento acumulado. Para otros, fue un llamado de atención sobre la fragilidad del espacio público cuando convergen hartazgo, crisis política y organización digital.
Lo cierto es que el Zócalo volvió a ser el escenario donde México mide su temperatura social, con un día que comenzó como un reclamo ciudadano y terminó como un recordatorio de que la tensión —al igual que la esperanza— sigue viva en las calles.

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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