*El espacio inmediato. De la cultura oculta de la imagen al derecho humano.
¿Han tenido esa sensación de satisfacción al empezar a trabajar en un lugar ordenado, dichoso y propio del esfuerzo que hicieron para lograr esa amenidad? ¿Por otro lado, de verse inmerso en un espacio caótico, papeles, libros, triques y aun así sentir que todo está en su lugar? Todo ese orden o desorden existe por una compleja autenticidad del espacio, que se relaciona con el imaginario colectivo y, por ende, con la identidad del yo.
Lejos de pensar en los espacios de grandes personalidades, pensemos en el de cualquier oficio: todo lo que lo rodea dice algo muy específico de la persona o personas que ejercen en ese espacio, pero también de su cultura y forma de ver el mundo, ya que absolutamente todo se codifica en imágenes. El concepto de imaginario colectivo que maneja García Mahíques lo explica como “la inteligencia visual del mundo formado y presentado por la cultura como un conjunto de íconos físicos o virtuales, que se manifiestan gracias a una infinidad de representaciones mentales”.
A su vez, estas representaciones son un proceso de elaboración de significados determinados por modelos y convenciones sociales. Es decir, imágenes. “La imagen capta aspectos relevantes, emotivos y de apreciación para una sociedad, es un fenómeno visual vivo que transforma aspectos de la vida.” Es esta la materia prima del imaginario colectivo.
Todo esto que suena a conceptos enmarañados se explica fácilmente con una ojeada a nuestro alrededor. Pensemos en los objetos que nos rodean, escojamos uno, prestemos atención a su procedencia, antes que a su valor monetario, que ya dice algo del mundo del que viene; pensemos en su elaboración, en el significado que tiene y en el que le damos, es decir, preguntémonos qué implica que tengamos ese objeto en nuestras posesiones, si nos fue otorgado por una persona, si fue fruto de algún esfuerzo, si es una pieza única, si se parece a otra cosa, si evoca un recuerdo, o si es algo completamente banal e inútil.
Todas esas divagaciones, representaciones e imágenes mentales, con el simple hecho de ver un objeto, son parte del imaginario colectivo, ya que de alguna u otra forma convergen con las imágenes mentales de otro individuo que también vea o piense el objeto y, al mismo tiempo, se diferencia, pues cada individuo tiene una forma específica de imaginar, y justo en esa pequeña intersección radica nuestra identidad.
La experiencia del espacio para el humano es una serie de relaciones que experimentamos entre el lugar o lugares que hemos ocupado, que ocupamos y que pretendemos ocupar. Uno de los espacios con los que tenemos mayor relación es el arquitectónico. Edward T. Hall hacía ya la afirmación de que los ambientes alterados por el hombre, o sea el espacio arquitectónico, son “los que pueden enseñarnos cómo utilizan sus sentidos los diferentes pueblos”.
Aunque su explicación sobre psicología y arquitectura queda ya algo rebasada por no alcanzar a ver en lo que las culturas de los años sesenta florecieron, Hall decía que “gente de diferentes culturas, habitan diferentes mundos sensorios”, y proponía que para evitar problemas interculturales cada cual debía vivir en un espacio determinado según su cultura, hispana o afrodescendiente en Norteamérica; de lo contrario estas culturas vivirían estresadas. En efecto, como la canción Suavecito: never meet a girl like you in “his” life.
Por otro lado, véase al espacio arquitectónico como una interpretación de esquemas ambientales o imágenes que sirven para ubicar y orientar al humano en su mundo. Pero no solo a nivel geográfico o para llegar a una dirección, sino que también nos orienta culturalmente; las ideas de interior y exterior; lejos y cerca; arriba y abajo; separado y unido, se complejizan cuando se piensan en relación con la cultura y el aspecto social. Lejos o cerca del lugar donde nací, al interior o exterior de mi hogar, arriba o abajo en el estrato social, separado o unido de una comunidad. Es así como el espacio nos habla, nos dice quiénes somos, del mismo modo que aquel objeto que vimos y reflexionamos sobre su procedencia e importancia.
A todo esto, actualmente existe otro espacio que nos es más común, en el cual nos relacionamos más y nos influye de maneras inimaginables: el espacio digital, las redes sociales. Si llevamos todos estos conceptos a esa nueva virtualidad, las categorías de ubicación cultural y social (que están sujetas al imaginario colectivo) adquieren un nuevo matiz, porque no hay que olvidar que esos espacios son diseñados por y para el beneficio de muy pocos. Tan solo pensar en el escándalo de Cambridge Analytica. El control que ejercen sobre nuestras vidas es algo por lo que nos tenemos que preocupar ya.
Aterrizando en el espacio que tenemos más próximo, nuestra habitación, o al menos el lugar donde dormimos, a lo que se supone llamamos “nuestro hogar”, lo que debería ser un lugar seguro y un espacio propio, es una realidad que muchos no se pueden dar; desde compartir, sin quererlo, una habitación con otras personas, hasta habitar un espacio ridículamente pequeño. “Imagínate una jaula de malla corrugada que mide poco más de 1×2 metros y tiene tres niveles, al estilo de una litera. Ahora piensa que es tu hogar”, las denominadas “casa jaula” o “nano hogares”, como es la situación de Hong Kong.
Pero sin irnos tan lejos, las personas que duermen bajo los puentes, o en casas construidas con lo que otra gente tira, sin privacidad y entre violencia, su entorno se vuelve un reflejo del mundo interior que los constituye. Y aun así eso no determina la personalidad de estos individuos, pues lo que vemos nosotros no es lo mismo que ven ellos, solo nos dice lo que está mal con una sociedad que no permite para todos un espacio propio, seguro y libre. *NI*
