*Los árboles míticos.
Cuando salimos hacia el trabajo, la escuela, de paseo o simplemente a algún mandado, lo que más nos importa es llegar a nuestro destino. Checamos que los autos no pasen sobre nosotros (aunque el semáforo se encuentre en rojo) y nos aseguramos de que el celular aún se encuentra en nuestro bolsillo cuando bajamos del transporte. Pero, ¿te has detenido por un momento a observar lo que hay durante nuestro recorrido? Sabemos que hay carros, claro; casas y personas, pero no nos olvidemos que también hay árboles.
¿Alguna vez te has detenido a observar la forma de un árbol? El color de sus hojas, la forma de sus ramas o qué tan alto es. De tanto observarlo, podrían surgir varias preguntas: si seguimos las raíces, ¿a dónde nos llevarían?; si un árbol fuera capaz de crecer tanto, ¿hasta dónde llegaría?; y la favorita de muchos: ¿por qué un árbol tiene esa forma?
A lo largo del tiempo, diversas civilizaciones han dado respuesta a este tipo de preguntas a través de la mitología, y como resultado tenemos la figura del Árbol de la Vida, o también conocido como el Árbol Cósmico o Árbol Sagrado.
Todos tenemos una idea sobre él. Lo hemos leído en La Biblia, está en el jardín del Edén y de él surgió el fruto prohibido; en la cultura hinduista lo reconocemos como el árbol invertido, pero fue nombrado como Ashvattha; en la mitología nórdica tenemos a Yggdrasil, el árbol que une los nueve reinos de la cosmogonía nórdica; y por último, pero no menos importante, en México tenemos el Yaaxché del que se habla en el Chilam Balam, un texto mitológico de la cultura maya.
A pesar de las distancias y las épocas, encontramos que esta figura es recurrente y sus características son similares en cada una de las civilizaciones. Dentro de la literatura, a este conjunto de elementos coincidentes dentro de los textos (en este caso mitológicos) se le conoce como arquetipo.
Generalmente, la idea del Árbol Cósmico refleja la fertilidad, la inmortalidad, la juventud y la sabiduría. Pero también es un símbolo creacional; representa el origen de la vida y del cosmos, por lo tanto, es el centro del Universo. Es el encargado de mantener el equilibrio del mundo a partir de los tres planos que se conectan a través de él: en las raíces se encuentra el Inframundo y el tronco es la unión entre la tierra y el cielo, donde las ramas tienen su casa.
Si hablamos de cada caso en particular, “el árbol del bien y el mal” que encontramos en el Génesis representa la unión entre la divinidad y el ser humano. Se trata de un árbol sagrado cuyo fruto le fue prohibido a Adán y Eva por el conocimiento que podría conferirles, llegando, incluso, a asemejarse al mismo Dios. En este caso, el árbol es creador y dador de conocimiento.
Siguiendo con la temática religiosa, pasemos con Yggdrasil. Este árbol está conectado con los nueve reinos nórdicos a través de tres raíces o niveles: en las ramas (primer nivel), encontramos el plano divino, Asgard, el lugar donde habitan los dioses; en el tronco (segundo nivel) está el mundo de los humanos, Midgard; y en las raíces (tercer nivel) tenemos Niflheim, el reino de los muertos. Junto a estos mundos hay dos más en cada nivel, pero estos ya son la representación de lo sobrenatural, como los gigantes, los elfos, los enanos, etc. Por lo tanto, la cosmovisión nórdica no sólo tomaba en cuenta la relación de lo divino, lo mundano y el mundo de los muertos, sino también consideraba la existencia de lo maravilloso.
Otro caso muy particular es el Ashvattha. En lugar de tener las raíces en el suelo, se encuentran en el cielo, y sus ramas están en el subsuelo. El simbolismo de esta figura es más metafísico que religiosa. Se dice que es el “árbol de la mente”, ya que toda idea que surge en la mente se proyecta en la materialidad. La mente es el espacio creador, pero también es en donde todo llega a su final.
Por último, tenemos el Yaaxché, la ceiba sagrada de los mayas. Este árbol, al igual que los anteriores, funciona como eje para unir el reino divino, el terrenal y el bajo mundo, también conocido como Xibalbá, el reino de los muertos. Lo que lo diferencia de los demás es la esencia femenina que los mayas le otorgan; la llamaban “Gran Madre Ceiba”. De ella no surge la energía del Universo, se cuenta que los seres humanos nacían directamente del árbol y no del vientre de la mujer. El árbol sagrado de la mitología maya estaba muy arraigada a la naturaleza como un ente femenino; es decir, consideraban a la tierra y, por lo tanto, a la naturaleza, como su madre. Podemos observar que aquí la figura femenina es más influyente que en las mitologías anteriores.
Como hemos visto, aunque las cosmovisiones estén alejadas geográficamente, ideológicamente se encuentran más cerca de lo que aparentan. Todas cuentan un principio y un final; un inicio y una muerte. Los mundos de cada mito creacionista están conectados, y al mismo tiempo, entre mitos y cosmovisiones existe la conexión. Esto sólo nos muestra que los seres humanos no somos tan diferentes unos de otros; no importa nuestro origen, nuestra religión o nuestras creencias, siempre estaremos conectados, ya sea a través de la vida, del conocimiento o de la muerte.
