*Jesús Humberto Pérez Torres de 23 años de edad es el nombre del hondureño cuyos pies fueron prensados por el tren en Atitalaquia y que hoy aún permanece internado en el Hospital Tula-Tepeji.
Ahí postrado en una cama de hospital no podría verse más arrepentido de haber dejado su país, su familia, su casa y los frijoles que no le faltaban en su hogar.
Con apenas 23 años de edad el hondureño que hace casi quince días sufrió un accidente en el tren, cuando como muchos centroamericanos, pretendía atravesar México hasta llegar a los Estados Unidos, ya no quiere intentarlo una vez más.
Recuerda con nostalgia que en su casa en Honduras no le faltaba de comer y al animarse a realizar la travesía por México, nunca imaginó que padecería hambres y añoraría el resto de alimentos que solía dejar cuando vivía en su hogar con sus padres y hermanos aún solteros.
Jesús Humberto Pérez Torres es de los más pequeños de ocho hermanos y pese a haber estudiado para maestro de primaria, decidió salir de su país para ir a probar suerte en Estados Unidos en busca del sueño americano. Esto porque sabe de personas que realmente han podido alcanzarlo, incluso algunos parientes suyos.
Hace poco más de un mes dejó su tierra natal y se aventuró en la travesía junto con nueve personas más. Estuvieron en Tabasco cinco días, tiempo en el que lucharon por conseguir alimentos como fuera, apenas arroz y uno que otro animalito silvestre solían comer.
Esperaron todo ese tiempo que pasara el tren y cuando por fin llegó, vio que eran cerca de 700 centroamericanos que se subieron a la máquina que los llevaría a donde pudieran bajar quizá para comer y después continuar el viaje.
En Lechería, así lo recuerda, sus amigos ya no alcanzaron a subir al tren y ahí los perdió. Y fue en Tlamaco, municipio de Atitalaquia, donde sufrió el accidente en el cual el tren le aplastó los pies principalmente.
Afortunadamente una mujer que iba pasó cerca por donde él caminaba dificultosamente con los pies seriamente heridos, lo auxilió y fue trasladado al Hospital Regional Tula-Tepeji, donde después de más de doce días aún se encuentra hospitalizado.
Ya fue intervenido quirúrgicamente y quizá sea necesaria otra operación más, porque sobre todo el pie derecho continúa muy dañado, en especial tres de los cinco dedos.
Con los pies vendados el risueño hombre agradece estar vivo porque en poco tiempo tuvo la mala suerte de ver morir a otro indocumentado que como él viajaba en el tren.
Ya fue víctima de robo por parte de policías durante su travesía, quienes le quitaron 50 pesos, cantidad que le significaba comer algo durante dos o tres días; también fue interceptado por zetas que pretendieron secuestrarlo, pero afortunadamente huyó de ellos.
“Si me preguntaran si recomiendo hacer el viaje les diría que no, porque se sufre mucho, se pasa hambre, frío y peligros de todo tipo, vimos como hay camionetas que van siguiendo al tren para ver si van indocumentados y tenemos que escondernos para que no nos vean”, expresa.
Hay un puente muy largo y alto donde los zetas esperan que pase el tren para secuestrar a indocumentados y por ello tienen que pasar por ahí en la madrugada, comenta el hondureño.
Ya no sabe si decir si es más peligroso estar en Estados Unidos o cruzar México. Es cuestión de suerte, reconoce, llegar a la frontera. De sus nueve amigos que venían con él, algunos alcanzaron llegar allá, pero todavía no cruzaban hacia el país del norte.
A otro lo tienen “agarrado”, dijo, y uno más está trabajando en la casa del migrante en Atitalaquia. Supo de ellos porque hablaron a Honduras con su familia para preguntar si tenían noticias de él.
Se le ilumina el rostro al hablar de su madre y de uno de sus hermanos mayores que viajaría procedente de Honduras para visitarlo en el Hospital Tula-Tepeji. “Le están arreglando sus papeles para que venga a verme y estoy muy contento por eso”, señaló.
Para Jesús Humberto ha tenido suerte de encontrarse a personas de buen corazón aquí, como la muchacha que lo encontró herido, o un compañero de habitación en el hospital o bien las enfermeras del mismo que lo han tratado con amabilidad.
Le obsequiaron un celular con el que se comunica a su país, y su familia está al tanto de lo que le sucede. Reconoce que el Instituto Nacional de Migración le ha apoyado y su personal lo visita para ver cómo va evolucionando.
Será esa dependencia la que cubra sus gastos hospitalarios. Le dio dos opciones, ayudarlo a regresar a su país Honduras o bien arreglarle sus documentos para que se quede en México
Por supuesto que el joven prefiere regresar a su tierra de donde, ahora está convencido, nunca debió salir porque allá no le faltaba de comer, por lo menos frijoles.
La falta de oportunidades en su país de origen lo hizo tomar la decisión de buscar el sueño americano, pero hoy se arrepiente aunque la experiencia le deja una lección de vida: valorar lo que tiene con su familia.
No es casado, así es que está dispuesto a comenzar de nuevo en Honduras y no repetir el infierno que vivió en un mes en México. A sus 23 años de edad sabe que nada fácil es llegar a Estados Unidos.
Algunos lo logran con mucha suerte. Él no la tuvo y sus sueños cargados en las bolsas del pantalón de la única muda de ropa con la que salió de su casa, se esfumaron, así como el poco dinero con el que se aventuró.
Jesús Humberto pese a las vicisitudes no deja de sonreír. Se le ve demacrado, pero con el ímpetu de la juventud en el rostro. Va a regresar a Honduras con 40 libras menos de peso que cuando dejó ese país.
Y no era para menos, llegó a pasar hasta tres días encerrado en el tren sin comer alimento alguno; de vez en cuando alguna fruta en los caminos por donde la máquina pasaba.
Espera recuperarse de sus fracturas en los pies, para por lo menos regresar bien de salud con los suyos que lo esperan con el deseo de que ya jamás vuelva a intentarlo.
Esta es una de las muchas historias que viven los centroamericanos que se aventuran a cruzar México para llegar a Estados Unidos, en busca de la vida aunque ello signifique exponerla a ella misma. *NI*









